miércoles, 6 de diciembre de 2017

Tadeusz lo observaba desde el mirador con balaustrada, de la vieja casa del acantilado. Era un albatros que revoloteaba por encima de su cabeza y recordaba cuando su tío el pescador le contaba que en ellos se encarnaban las almas de los marineros muertos. Por eso les guardaba un respeto casi supersticioso. Admiraba unas veces sus majestuosos trazos, y otras, como se dejaban llevar por las corrientes que subían desde el mar, peinadas por las rocas.


sábado, 20 de mayo de 2017

El Montsouris de Cortázar


En la juventud de las personas se esconden la mayoría de los lugares secretos, esos a los que nos gusta acceder cuando nos acosa la nostalgia y la tristeza. Cierto autor por supuesto también tiene los suyos. La diferencia de plasmarlos en papel es que puedes volver a ellos con mayor facilidad, y que abres una puerta para que también pueda acceder más gente, personas que están en otros lugares a veces muy lejanos y que puede que no tengan nada en común.
Si estos lugares existen en la realidad, se pueden fotografiar, para volver no solo en la memoria. Esta es mi foto hasta donde alcanza la visión de mi cámara. El parque lo cruzan las vías del metro, que por ese lugar sale del suelo para un momento despues volver a desaparecer en él. Sobre los vagones cruzan unos pequeños puentes que unen las dos orillas del parque, al fondo se puede ver uno. Es lo que tiene, recorrer una ciudad siguiendo huellas literarias, reales o ficticias. Aquí me encontraba en el parque de Montsouris, en París.




"...  Oh Maga, en cada mujer parecida a vos se agolpaba como un silencio ensordecedor, una pausa filosa y cristalina que acababa por derrumbarse tristemente, como un paraguas mojado que se cierra. Justamente un paraguas, Maga, te acordarías quizá de aquel paraguas viejo que sacrificamos en un barranco del Parc Montsouris, un atardecer helado de marzo. Lo tiramos porque lo habías encontrado en la Place de la Concorde, ya un poco roto, y lo usaste muchísimo, sobre todo para meterlo en las costillas de la gente en el metro y en los autobuses, siempre torpe y distraída y pensando en pájaros pinto o en un dibujito que hacían dos moscas en el techo del coche, y aquella tarde cayó un chaparrón y vos quisiste abrir orgullosa tu paraguas cuando entrábamos en el parque, y en tu mano se armó una catástrofe de relámpagos y nubes negras, jirones de tela destrozada cayendo entre destellos de varillas desencajadas, y nos reíamos como locos mientras nos empapábamos, pensando que un paraguas encontrado en una plaza debía morir dignamente en un parque, no podía entrar en el ciclo innoble del tacho de basura o del cordón de la vereda; entonces yo lo arrollé lo mejor posible, lo llevamos hasta lo alto del parque, cerca del puentecito sobre el ferrocarril, y desde allá lo tiré con todas mis fuerzas al fondo de la barranca de césped mojado mientras vos proferías un grito donde vagamente creí reconocer una imprecación de walkiria. Y en el fondo del barranco se hundió como un barco que sucumbe al agua verde, al agua verde y procelosa, a la mer qui est plus félonesse en été qu'en hiver, a la ola pérfida, Maga, según enumeraciones que detallamos largo rato, enamorados de Joinville y del parque, abrazados y semejantes a árboles mojados o a actores de cine de alguna pésima película húngara. Y quedó entre el pasto, mínimo y negro, como un insecto pisoteado. Y no se movió, ninguno de sus resortes se estiraba como antes. Terminado. Se acabó. Oh Maga, y no estábamos contentos..."

Julio  Cortázar  - RAYUELA (fragmento)


                http://equipement.paris.fr/parc-montsouris-1810 http://equipement.paris.fr/parc-montsouris-1810


domingo, 30 de abril de 2017

Relojes diabólicos

Cuando era pequeño anhelaba ser mayor, porque veía que los adultos controlaban el tiempo y me parecía que a mi se me escurría sin poder detenerlo, y sobre todo,  porque los buenos ratos transcurrían demasiado rápido
Luego, un poco de más mayor me enseñaron que existen los relojes. Al principio me parecieron mágicos, objetos que eran capaces de controlar las horas y los segundos, una posibilidad que a partir de entonces, me permitíría dividir las diferentes partes del día , para saber si faltaba mucho para llegar a un instante en concreto.
Y un poco más tarde,  me di cuenta de que aquellas pequeñas esferas relucientes, eran una trampa y permanecer sujeto a ellas, te mantenían prisionero. No te encerraban en una celda, pero las manecillas eran cadenas invisibles de las que no te podías desprender.
Ahora ya he comprendido que un reloj es un objeto que te dicta qué es lo que te corresponde hacer en cada instante, y que hace, que los malos momentos den la sensación de que no pasan nunca, y que los buenos momentos, den la sensación de que pasan demasiado rápido.

lunes, 17 de abril de 2017

Decoherencia ¿Existen las presencias en la noche?

Sólo una cosa no hay y es el olvido, como decía Borges. Por lo mismo, todo lo demás debería existir. El problema es que nosotros tendemos a admitir normalmente que lo que no hemos visto no existe.
El fenómeno de afirmar que hay existencias que no se pueden certificar, lo han utilizado por ejemplo muchas religiones porque así no se pueden discutir sus dogmas, ya que las religiones están basadas en la fe ¿Por qué la fe en algo, no se puede utilizar para otros aspectos de nuestras creencias?
Hay cosas que no se sabe a ciencia cierta si existen, pero tampoco se ha podido demostrar lo contrario. Para muchos de nosotros hay cosas que no existen hasta que nos tropezamos con ellas.

En el desierto del Taklamakan hay ruinas de ciudades que la arena cubre y descubre. Si un explorador pasa su vida buscándolas y al final muere sin haberlas encontrado, ¿para él existen o no existen?

¿La luna no está ahí cuando nadie la mira, como decía Einstein?
Vamos a aceptar que aunque no hayamos encontrado algo, o no lo hayamos visto, puede existir.
Como sucedía con el gato de Schrödinger.
¿Entonces existen las presencias inmateriales, las presencias en la noche?
Supongo que al final siempre es lo mismo, hay quienes rastrean con esperanza, porque las intuyen. Sin embargo otros sí las han visto, pero callan porque no les iban a creer.
Yo basándome en mi experiencia, diré que las presencias sí existen, luego cada uno, conforma a su alrededor su propia realidad, con unos aspectos reales, y otros irreales.
Para evitar esto se han intentado establecer puntos de referencia respecto a los cuales, trazar verosimilitudes y falsedades, pero aquí entramos en que respecto a estos puntos de vista, también surgen interrogantes: ¿ respecto a qué se toman?¿ Son ellos mismos fiables? ¿Quien los ha establecido?

De lo que deducimos que todo es indemostrable, y a su vez todo puede ser real.

viernes, 7 de abril de 2017

Manto gris, manto de color

Un manto gris se abate sobre la ciudad, y sobre las cabezas de sus habitantes. La gente pierde vitalidad, alegría, ilusión, empuje. Todo se ralentiza. Algunos están desempleados y deambulan sin dirección. Se detienen, y de vez en cuando se meten en un bar vacío a tomar un café, o un brandy. El frío es intenso y encoge a las personas aún más. Felipe no sabe adonde ir, y no quiere volver a su casa que encierra todas sus frustraciones. El sofá lo espera con sus mandíbulas abiertas y lo atrapa, mientras el televisor escupe realities y desgracias. Por lo menos mientras pasea a veces encuentra a alguien como él pero con mas fuerza, que le da un empujón y se siente menos mal. Él para darse fuerzas intenta pensar en la gente que está peor. Hasta que llega a un gran edificio neoclásico alargado que bordea el parque. Hay mucha gente que entra y por eso se decide y los sigue. La sala es alargada, no podría ser de otra manera con los cuadros que ocupan toda la pared de parte a parte, o sería mejor llamarlos murales. Sólo hay un banco en toda la habitación, en el centro, se sienta. No sabe cuanto tiempo permanece allí, pero su estancia siente que lo está transformando, no es ya lo que sus ojos ven, unos colores magníficos degradándose mezclándose, llenándolo todo, y que como si fueran una crema mágica penetra por sus poros, y llega hasta su alma. Por momentos siente que la tristeza lo ha abandonado y se siente bién, y se da cuenta de que la vida a veces le permite disfrutar de maravillas, que son las que le dan sentido.



                           Monet-   Les nymphéas detalle                            

         



Tadeusz lo observaba desde el mirador con balaustrada, de la vieja casa del acantilado. Era un albatros que revoloteaba por encima de su cab...