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Cita del día

viernes, 6 de noviembre de 2015

El Susurro de la Mantis. o el placer de escribir por el placer de ser leido.

Primer capítulo de una novela que es posible que algún día termine.

Día 14. Hora 13 P.m.
El pequeño coche de alquiler se detuvo en la carretera secundaria levantando una espesa nube de polvo. Casi al instante emergió un tipo fibroso de mediana edad alto y delgado, y que vestía ropa cara de sport y que no encajaba con ese pequeño automóvil. El tipo se movía con aire nervioso mientras miraba la autovía de la que acababa de salir y se tranquilizó al ver que ningún coche lo había seguido. Observó el terreno por donde se internaba la nueva carretera en la que se encontraba, y apreció que el paisaje era casi completamente llano salvo por unas colinas en la distancia que se ondulaban con somnolencia. Por detrás de ellas una nube gris ocupaba la mitad del cielo, parecía una cortina que alguien con muy mala leche había descorrido. La nube gris era provocada por un incendio en la pequeña montaña que se levantaba junto a El Pinoso, según la radio y aunque estaba cerca el fuego aún estaba fuera de su vista, y solo se apreciaba un suave olor a chamusquina. De vez en cuando algún avión o helicóptero cruzaba el cielo, creando con su traqueteo una imperceptible ansiedad. La radio iba a cada momento informando sobre la evolución del fuego que en esos momentos estaba avanzando hacia algunas casas del extrarradio del pueblo que se habían tenido que desalojar.
En aquella parte de la provincia se alternaban densos bosques con extensas franjas donde apenas existían árboles y en donde el resto de la vegetación lo conformaban matojos pequeños o medianos de varias especies, resecos y cubiertos de polvo. En esos momentos se encontraba enmedio de una llanura donde apenas se advertían casas y la única huella del hombre era la serpiente de cemento que seccionaba el horizonte y sobre la que los automóviles pasaban a toda velocidad. El páramo estaba dividido a partes iguales por el terreno salvaje y unos pocos campos repartidos de manera aleatoria con vides perfectamente alineadas rodeando alguna casucha de labrador. Por lo demás en el cruce que tenía a su lado observaba la serie de placas oxidadas con direcciones que parecía que no llevasen a ningún lugar real y sólo apuntaban hacia una lejanía incierta.
La luz deslumbrante obligaba al tipo a cubrirse los ojos con una mano para protegerlos, era cerca del mediodía y un sol inmisericorde  provocaba uno de los días más calurosos del verano. Aunque el tipo unos años atrás había ido muchas veces, el acceso había cambiado después de la construcción de la autovía de la que acababa de salir. Por el rabillo del ojo tuvo la suerte de vislumbrar una hornacina de las que colocaban para los senderistas con un plano y se había detenido enfrente para consultarla. Una raya amarilla paralela a otra blanca pintada sobre una gran roca en un lado, certificaba que por allí discurría una senda de largo recorrido que cruzaba todo el valle. Lo había reconocido porque como tantos niños había crecido al amparo de un grupo scout, donde le habían enseñado a descifrar los mapas.
 Se había acercado hasta la estructura en madera reseca y ahora contemplaba las líneas de colores que se entrecruzaban de manera desordenada y que le parecieron una alegoría de cómo habían discurrido su vida. Dando tumbos hacia todos lados. Siguiendo las líneas de colores sobre el mapa quiso cerciorarse de que ese era el camino correcto a Monobras, la minúscula pedanía oculta en el campo levantino, y que no estaba demasiado lejos de donde se suponía el fuego estaba arrasándolo todo.
                                                                   ***
No lo podía creer, en unas horas había pasado de la felicidad más absoluta a la desolación y a la incertidumbre. Aquellos últimos meses que llevaba vividos nunca pensó que pudieran ser tan felices ni siquiera que se fueran a terminar pero de repente la vida daba un vuelco y lo dejaba en la cuerda floja. Él, que imaginaba que la infelicidad del mundo nunca lo iba a alcanzar.
Apenas había dormido, solo una cabezada en el coche y por fin sin saber adónde ir, había decidido buscar un alojamiento en Monobras, a una hora de Peñalcón, ya que sabía que en verano allí siempre existían casas vacías para los veraneantes, lo del fuego había sido un imprevisto, pero calculaba que estaba lo suficientemente lejos para que no afectase a su plan, porque necesitaba un buen refugio y ese era un lugar apartado y recóndito.
Desde la madrugada, llevaba en un bar de carretera tomando más copas y cafés de los que le convenían, y dándole vueltas a lo que ocurría, a veces de una manera absurda.
No podía volver a su casa en la costa, porque intuía que estaba metido en un buen lío y hasta que no supiese exactamente lo que había sucedido, quería permanecer fuera de la circulación por si alguien lo había visto salir de la fábrica y lo podían involucrar. Esa cámara en el lateral de la fábrica lo había dejado confundido aunque era posible que no estuviese en funcionamiento, porque de haber sido así Diana se lo habría advertido cuando trazaron el plan. Por un momento se le ocurrió pensar que tal vez Diana tampoco sabía que estaba allí y entonces habría sido su ruina. Por otro lado antes de dejarse ver quería conocer todos los detalles muerto con el que se había encontrado. Un hombre al que había ido a matar, pero que sin saber cómo ni porqué, alguien se le había adelantado. Tampoco estaba seguro de que llegado el momento se hubiese atrevido a quitarle la vida.
También necesitaba saber algo de Diana, pero no podía ponerse en contacto con ella porque en esos momentos ya debía estar acosándola la policía que habría ido a comunicarle la muerte de su esposo y era fundamental que no supiesen que se conocían para mantener sus coartadas.
Solo le quedaba una cosa por hacer, pedir ayuda, no tenía dinero ni podía utilizar la tarjeta, pero prácticamente solo tenía un amigo de confianza, Toni. Se habían criado juntos y en su momento habían compartido expectativas y sueños, y por eso ahora apelando a los viejos tiempos, era el único para contarle algo tan grave como aquello. Era capataz de una pequeña fábrica y conocía a los fabricantes textiles de la ciudad  y sabía quién era el muerto y además con sus amigos y sus contactos, seguro que ya conocería más detalles de lo sucedido. En la ciudad alguien como él siempre sabía hasta el último detalle, además esos asuntos que rompían el lento y aburrido discurrir de una ciudad pequeña corrían como la pólvora.
Necesitaba saber a qué atenerse porque en la radio y el periódico apenas habían dicho que un industrial en Peñalcón, de siglas V.M.C. había muerto en extrañas circunstancias al ser asaltado en su fábrica. 
Por otro lado después de asegurarse de que su amigo Toni entendería las indicaciones que le iba a dar, volvió a subir a su Ford que con un rugido apagado se puso en marcha.