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Cita del día

lunes, 21 de diciembre de 2015

EL ESPEJO BARROCO

Para comenzar, unas fotografías de una masía en los alrededores de Peñalcón, que quizás podría creerse que se trata del lugar donde transcurre el relato. O no, cada uno decide.





Una masía de unos ciento cincuenta años, la masía de los capellanes. Antigua casa de recreo de un potentado, enmedio de un paraje idílico. Y ahora el relato.










EL ESPEJO BARROCO


Este relato se compone, en el original, de dos grupos de hojas. Un grupo pertenece a una libreta corriente, comprada en cualquier papelería, y se aprecia que su antigüedad no va más allá de unos pocos años, diez a lo sumo. Es la parte 1.

La parte 2, se compone de una hoja amarilla de papel antiguo que no creo que ahora mismo se siga fabricando. Es gruesa y basta, y esta escrita con una letra irregular (seguramente hecha con una pluma bastante arcaica) y con un lenguaje en desuso. Después de consultarlo me parece que puede tener casi doscientos años.

La primera comienza así:
PARTE 1.
Finalmente voy a acudir a la cita con mi amigo Sebastián, porque según me ha dicho, se trata de un asunto demasiado delicado como para tratarlo por teléfono.
Me ha explicado que quiere consejo. Estoy desconcertado porque no entiendo muy bien qué es lo que sucede, ya que solo me ha comentado que lo que quiere, es que le dé mi parecer acerca de la relación que ha establecido con un objeto que ha llegado a sus manos. No me ha detallado nada más.
He podido saber que el objeto al que se refiere es un espejo que compró hace unos meses. Al parecer, formaba parte del mobiliario que había adquirido en un mismo lote a un anticuario, que por su edad intentaba liquidar su negocio. Lo encontró por casualidad cuando para amueblar su casa, recorrió todas las tiendas de la ciudad.
Al llamarme, el primer pensamiento que cruzó mi mente, fue que no tenía sentido que se pudiera sentir amenazado por un objeto inanimado y sin vida, y me pareció que alguna manía lo había asaltado. Sin embargo Sebastián había logrado despertar mi curiosidad, de manera que una tarde que salí temprano del trabajo, me decidí y me puse en camino.
Era una tarde plácida, en donde no corría el viento y por eso la temperatura era fresca pero agradable. Cuando quise darme cuenta ya llevaba casi una hora conduciendo. Poco a poco las edificaciones industriales que jalonaban la periferia de la ciudad, fueron siendo sustituidas por el paisaje verdoso y pardo del olivar en Noviembre. Conducía relajado, intentando calmar la impaciencia derivada del trabajo.
Al escapar del caos de la ciudad y colocar la marcha larga del coche, había obtenido un gran alivio, porque el abandonar por unas horas la metrópoli, era como una liberación. Me gustaba salir de paseo, y cuando realizaba alguna pequeña escapada como aquella, siempre me autopredisponía a que resultase agradable.
De alguna manera me obligaba a pensar que mis problemas quedaban atrás, encerrados en el laberinto de cemento en donde vivía.
Al pasar bajo un impresionante castaño que desde la cuneta cubría buena parte de la carretera, me di cuenta de que ya no debía quedar lejos la casa de Sebastián. Acababa de atravesar el cruce hacia la sierra de Mar..., y si eran lo suficientemente precisas las indicaciones que me había dado, debía tomar el segundo desvío después del área de servicio que apareció tras un recodo.
Cuando me encontré en la carretera vecinal, me llamó la atención la cantidad de gente que trabajaba recolectando aceitunas. No tuvo por qué extrañarme, pero mi espíritu eminentemente urbano, ignoraba de que se componía la vida en el campo, y era lógico puesto que yo provenía de una zona mucho mas seca, en donde solo existía la ganadería.
Por fin tras una colina surgió el pueblo que buscaba, y al ver el tamaño no creí que tuviese problemas para encontrar la casa de mi amigo, porque el villorrio no lo componían más de medio centenar de casas.
Después de un par de preguntas llegué sin problemas al lugar que iba buscando, ya que al parecer adonde me dirigía, era una dirección muy conocida por los lugareños.
El caserón, antiguo pero señorial, se levantaba a las afueras del municipio, como a un par de kilómetros. Resultó una visión impactante, con su porte altivo en medio de un paraje, que una niebla que había ido apareciendo al mismo tiempo que menguaba la luz de la tarde, iba envolviendo. Asemejaba una pintura de Friedrich, con esa intensidad romántica que descargaba en el ambiente como una especie de opresión.
Me acerqué por un camino de grava protegido por pinos centenarios, por donde las ruedas del coche hacían crujir las piedras, y me detuve bajo un frondoso nogal. Se trataba de la masía de los capellanes, una casa solariega de ciento cincuenta años pintada de color rojo, y de dos pisos de altura.
El automóvil quedó aparcado en un patio que había frente a la entrada principal. Después de pasear la mirada por la replaza, llamé a una campana que colgaba junto a un portón inmenso, y que tenía la madera medio carcomida. Mi amigo Sebastián me abrió él mismo la puerta, y me llevó por pasillos en penumbra, mientras intercambiábamos unas cuantas impresiones, hasta el primer piso que era donde se encontraba su gabinete.
Según me contó, en aquel lugar apartado no abundaban las distracciones, así que cuando se presentaba una tertulia, o un paseo campestre acompañado por algún conocido, le resultaban muy gratificantes.

Por cosas como aquellas, no pude dejar de pensar, que las gentes que vivían en lugares apartados como él, tendían a obsesionarse por lo más nimio. La falta de detalles trascendentales en su vida, los empujaba a dotar de una importancia claramente sobrevalorada cualquier hecho que se apartase un poco de lo corriente, y en Sebastián, ya lo había apreciado en más de una ocasión. Llegamos al lugar.

Al entrar en la habitación lo primero que se percibía era el espejo y la solidez de su estructura. La luna poseía algo que atraía, y no era la espléndida manera en como tenía trabajada la guarnición. Con él se había realizado un trabajo exhaustivo, que seguro se habría llevado las energías de algún hábil artesano. Por otro lado existían otros muebles en la habitación y seguramente más espléndidos, si cabe, pero era indiscutible que el que acaparaba mayor protagonismo era la luna plateada. Al tenerla enfrente, también a mí me produjo una impresión ambigua.
Rápidamente aprecié algo, y sentí que me atraía poderosamente, tanto, que inmediatamente me puse a fijar la mirada en su interior, como si se tratase de un pozo que se prolongase hacia el fondo.
El cristal estaba abrazado por un amplio marco de madera de caoba. Dos impresionantes columnas barrocas se retorcían como ofidios, y subían por los flancos hasta un capitel neoclásico. Me pareció que era un mueble construido sin un estilo definido, aunque habían buscado elaborar un objeto imponente, y lo habían conseguido. Arriba en letras góticas donde quedaban restos de pintura dorada se podía leer:
“Todo lo que se introduce, más pronto que tarde vuelve al lugar de partida”.
Aún desde lejos, se podía sentir el señorío que envolvía al espejo, y que sin quererlo, propiciaba algún tipo de ansiedad indefinible. Aunque también como llegaba predispuesto, me pareció que podía ser mi mente demasiado dada a la fabulación, la que me gastaba una mala pasada.
Sin preámbulos nos pusimos a conversar sobre el tema que nos había reunido. Sebastián pausadamente me relataba, como en su momento no dudó que la compra se trataba de toda una ganga, aunque ahora este sentimiento tenía que admitir se había invertido.
Me contó que cuando comenzó a intuir que existía un elemento inquietante en el mueble, quiso indagar más en su naturaleza y marchó a buscar al anticuario que se lo había vendido. Contó que llegó al negocio de donde lo compró con la intención de hacerle unas preguntas a su antiguo dueño, pero que encontró cerrada la tienda y ya no hubo manera de descubrir el paradero de esa persona.
Sentí en esos momentos que quizá no era la persona mas adecuada para ayudarlo, porque siempre me sucedía, que la curiosidad conseguía sobreponerse a mi lucidez.
Mi amigo me ofreció una taza de té, porque apreció mis nervios, y supongo que tuvo razón, porque el temblor de las manos me hizo mancharme la corbata roja y malva que mi esposa Marta me había regalado, y que no terminaba de gustarme porque me parecía demasiado llamativa.
Sebastián comenzó por explicarme los sentimientos que le despertaba el espejo.
Yo no acababa de encontrarme a gusto, ya que éramos dos en la habitación, pero me oprimía no sé que vaga sensación de sentirme observado, que me hacía mirar inquieto hacia todos lados.
Llegó un momento en el que Sebastián abandonó la atención que me dedicaba, para escrutar su propio reflejo en la luna, y entonces descuidadamente comenzó a hablarme.
.- Parece un espejo corriente ¿verdad?, quizás un espejo con un estilo refinado, pero aparte de eso nada que se salga de lo usual, ¿no crees?; - me dijo con voz queda, y se detuvo un momento para sorber pausadamente de su taza. La luz de la habitación la conformaba una triste lámpara que apenas esparcía luz y que hacía que me sintiese algo incómodo. Mi amigo, que por el contrario parecía que se desenvolvía perfectamente enmedio de aquella penumbra, prosiguió.
.- Si te fijas bien, cuando uno se ve reflejado, es como si lo atrapara. Es como si tomase los reflejos de la vida y queriendo intervenir en ella, en su interior, los retocase antes de devolverlos. Es como si pudiera llegar al interior de las personas, o como si buscase en nuestra alma o también como..., - hizo una pausa mostrándose inseguro acerca de lo que iba a decir -, ... como si tuviera vida y fuese un inmenso baúl que almacena recuerdos.
.-A mí me parece un espléndido mueble,- le contesté-, pero aparte de esto creo que solo mirándolo es difícil percibir nada más, y en cualquier caso creo que tú no hablas tan solo, porque hayas podido obtener de él una impresión ligera. Si me has traído hasta aquí debe ser por algo mas - mientras hablaba, decidí aflojarme el nudo de la corbata que me molestaba y dudé en quitarme, ya que me pareció que no estaba obligado a llevarla si no estaba Marta.
Entonces sin responder, y como meditando lo que iba a decir, se levanto de la silla y se dirigió hacia el mueble bar en donde sin preguntarme escanció un líquido dorado en dos pequeñas copas mientras me daba la espalda. Al mismo tiempo dejó escapar una voz temblorosa:
.- Yo sé que solamente es un objeto inanimado, - dijo Sebastián - pero hay días en que puedo pasar horas y horas contemplando su interior, como si mantuviera una conversación con él. Me siento enfrente, y busco en sus profundidades las historias que creo que guarda, pero lo que de veras me preocupa, es que creo que las encuentro. Voy a explicarte.
Mi imaginación trabaja, quiero suponer que es mi imaginación y nada más, y hace que vea imágenes a las que no encuentro explicación, porque son imágenes que parecen de otra época. Es gente muy rara la que aparece en estas ensoñaciones. Yo diría que quiere mostrarme algo, y es como si fuese mi cómplice que quisiera desvelarme alguna cosa que tiene guardada, sentimientos y escenas que a través de los casi trescientos años de antigüedad que me dijo el anticuario que poseía, hubiese visto desfilar como testigo circunstancial. Escenas que ahora quisiera reproducir.
.- He visto, quiero decir, he creído ver gente con esta apariencia... - me acercó un libro que tenia encima de la mesa, y buscando una pagina previamente marcada lo abrió por una parte que hablaba de las campañas Napoleónicas en España. Habían dos dibujos, uno un aguafuerte a plumilla y otro una acuarela representando un par de escenas de la época,- no hablo de los soldados, hablo de los civiles que aparecen aquí, sí, yo diría que es exactamente esta la indumentaria a la que me refiero, con un poco de suerte tu mismo podrías ver algo. Por eso ha sido el traerte, sobre todo, aparte de para contarte mis desvaríos.
De lo que me ha parecido siempre ver, la escena que mas se repite, es la de un personaje sentado en un sillón leyendo un libro con complacencia, e incluso diría que un día que estaba mirándolo fijamente, levantó la cabeza de su lectura y también él se dio cuenta de mi presencia desde el otro lado.
Y ya no es solo aquí en mi casa, me estoy empezando a obsesionar con el dichoso espejo, mientras trabajo o mientras estoy con los amigos. Es como si una voz me llamara recordándome que también tengo otro amigo y lo tengo demasiado abandonado.
Mi amigo Sebastián que parecía que no quería ocultarme nada, también me dijo muy seriamente:
.- He comenzado incluso un diario para que no olvidar nada de lo que me esta sucediendo. Al final ya casi no escribo ninguna cosa en él, porque no sé si es exactamente miedo, pero hay algo que me agarrota la mano cuando recuerdo las cosas que veo, y ni siquiera, la paz que me trae el campo es capaz de calmarme...

Aquí el relato de la primera parte se interrumpe porque por lo visto falta una hoja, sin embargo, a continuación era donde estaba grapada una hoja con la que yo denomino la segunda parte. La escritura en cursiva, es algo difícil de entender ya que traza arabescos y filigranas, mas propios de otra época. De hecho el encabezamiento lleva la fecha de 1821.

PARTE 2
... 12 Noviembre de 1821
Sigo con el diario, nadie sabe que lo escribo, y espero que no caiga en malas manos, porque lo que cuento alguien podría creerlo susceptible de bruj... .
Estoy sentado en mi gabinete, he descorrido la cortina y veo un paisaje dividido, por un lado por una zona boscosa, y por otro, por una serie de pequeños bancales escalonados. Hay plantados almendros y olivos y por ellos esporádicamente se dejan ver pequeñas figuras humanas que asemejan hormigas, y que no dejan de moverse y tienden mantas bajo los árboles.
Los recolectores doblan las flexibles ramas para robarles sus pequeños frutos verdes o rojizos, y van amontonando sacos junto a un carro con dos mulas.
Como eran tantas las cosas que tenia que hacer hoy, no he querido perder el tiempo y me he dirigido a la almazara del pueblo a supervisar como se presenta este año la cosecha de aceite, ya que en septiembre llovió lo justo, y las aceitunas han tomado un buen tamaño. El tiempo era ventoso y el cielo cubierto de nubes me hacía pensar todo el tiempo, en tomarme una copa de jerez, sentado junto a la lumbre.
Esta semana el pueblo se encuentra revuelto después de que los guardias han apresado hace dos noches, a unos maleantes que tenían en vilo a los cortijos de los alrededores desde el invierno anterior, y que desde que los franceses se marcharon, no había existido nada que provocara tanta expectación. Mientras aguardan juicio, en la cárcel del pueblo, no hay otro tema de conversación, y todos discuten sobre las penas que les habrán de imponer.

Esta mañana la tranquilidad del casino se ha visto rota por toda esta algarabía. Los habituales contertulios no se encuentran ajenos a la situación, habiendo dejado de lado por el momento, sus tradicionales pláticas sobre las corrientes que imperan en Europa, y se han unido al entretenimiento popular de comentar sobre los dos apresados.

Al vanidoso de Velázquez le va a ir muy bien, porque a pesar de su pretenciosidad por haber estado estudiando un par de años en la capital, no se encuentra en condiciones de discutir sobre ese nuevo movimiento que acaba de surgir llamado romanticismo, y si hay algo que le molesta, es el no poder ser el centro de las charlas del casino. Así pues, va diciendo cuantos son los años de cárcel que les van a caer, y nadie se atreve a contradecirlo.
Al llegar a casa le he dicho José el criado, que le revise las herraduras a la montura, porque parecía que el caballo cojeaba, he leído el correo del día y he saboreado un estofado de conejo sabrosísimo, que me ha regalado la cocinera para almorzar.
Estoy mirando a mi alrededor, y veo la biblioteca que aún se encuentra decorada como la dejó mi abuelo con las grandes estanterías repletas de libros, los muebles de madera envejecida y el espléndido espejo, del cual siempre me he preguntado, cual es su origen y su papel entre tanto volumen. Desde luego no es la habitación mas apropiada para lucir tan orgulloso mueble, que se pueda decir que es su lugar por excelencia, de todas maneras como se trata de una obra de arte, al principio no me importaba, e incluso de alguna manera tenia que admitir que me gustaba, ahora estoy buscando como deshacerme de él.
Evito mirarlo porque me da miedo. Esa sensación de que es como si me pidiera que le rindiera cuentas.
En este libro de Keats “La víspera de San Marcos”, he encontrado unas estrofas que entiendo que van acorde a la situación, y que aquí plasmo:

Incansable leyó, mientras su sombra
Bullía en torno, como si quisiera
llenar el aposento con las formas y los matices mas extraños,
como si una fantasmal reina de espadas
se estuviera burlando a sus espaldas
y danzara, agitando sus negras vestiduras.

Al terminar, levanto por un segundo la vista del libro y la dirijo hacia el espejo, temeroso, y el efecto se cumple de nuevo, otra vez aparece ese personaje singular que en ocasiones asoma al otro lado del cristal y que viste de forma tan extraña, sólo que ahora se encuentra acompañado por otro individuo con un llamativo pañuelo rojo y malva en el cuello, que sujeta una copa, tan insólito como el primero y que con cara de terror, me miran señalándome.