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Cita del día

martes, 26 de enero de 2016

Una linterna en mi mochila

¿Porqué ahora siempre llevo una linterna en mi mochila cuando salgo de casa?
Vivo en un lugar apartado a las afueras. Mi casa por la parte de atrás da a un barranco, y por delante a una calleja angosta que la une al resto del barrio.
Esta calle está flanqueada a un lado, por tapias mas o menos altas de un grupo de casitas, y por el otro lado, por una almacén abandonado de tres alturas.

Normalmente al volver a mi casa por las noches no me cruzo con ningún vecino, porque los pocos que hay, tienen diferentes horarios, y siempre cuando llega el momento de atravesar la calle que me conduce a mi casa, al verla tan solitaria, una suerte de aprensión me invade. Tan sólo hay cien metros hasta el portal de hierro, pero para mi es como si se tratase de una distancia de cien Kilómetros.
En el dintel de la entrada, hay una pequeña luz, que brilla indefectiblemente, y que a mí, de noche me parece un faro que me indica el camino. Tengo que decir, que normalmente, las pocas farolas que alumbran el callejón son suficientes para disolver las sombras que me podrían atemorizar.
Pero un día el callejón se encontraba a oscuras, aunque el resplandor que llegaba desde otras calles lejanas de la ciudad, mejor iluminadas, permitían adivinar los contornos.
Yo sabía que de haber allí alguien escondido, no lo hubiese distinguido, pero como conocía perfectamente el lugar, encaré con decisión y sin temor el camino.
Además aprecié que a los pocos metros, mis ojos se acostumbraban con facilidad a la oscuridad, lo que hizo, que ahora ya sí perdiese todo temor.
Incluso aproximadamente a mitad de la calle, la claridad aumentaba gracias al ventanuco de un garaje que a ras de suelo, esparcía una semicircunferencia de luz rojiza.
Sin saber por qué, me dije que si necesitaba dar un grito alguien me oiría y eso me tranquilizó.
Iba pensando en eso, fijando mis ojos en el resplandor del fondo de la calle, el del portal de mi casa, cuando un golpe seco como un empujón, casi me tira al suelo.
Fue un golpe fuerte e inesperado, pero pude apreciar que no había sido contra ningún obstáculo, ya que la superficie con la que me había golpeado era ligeramente blanda... y fría. Me volví y aparte de una ligera brisa que me acariciaba el rostro, todo estaba quieto y solitario.
Mi impulso fue el de echar a correr, y no paré hasta llegar al portal.
A trompicones saqué la llave y me introduje en el hall, cerrando la puerta con fuerza tras de mí. Antes de encarar la escalera pude por lo menos apreciar que nadie me había seguido.
Y esa es la historia de porqué llevo una gran linterna, pesada, tipo las que usa la policía, por si un día se vuelve a ir la luz, o por si alguna vez necesito algo que me sirva para golpear fuerte, a algún bulto blando y frío...